24 de julio de 2008

Un Paso de Gigantes

Los escaladores aragoneses Alberto Rabadá y Ernesto Navarro supusieron, con sus extraordinarias realizaciones, el más importante paso dado por el alpinismo español desde la memorable primera ascensión al Naranjo de Bulnes de Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, y Gregorio Pérez "El Cainejo".

Paso de hombros en la Mitra de Vadiello (1955). Foto: Ángel López La actividad de los zaragozanos Alberto Rabadá y Ernesto Navarro se concentra a caballo de los años 50 y 60. Acontece en este momento un cambio generacional decisivo en la historia del alpinismo español y estos dos escaladores se convierten en sus más vigorosos representantes. Para comprender mejor la importancia de la que sin duda es la más sobresaliente cordada española de todos los tiempos, es conveniente analizar el contexto dentro del cual realizaron sus actividades. En aquella época, España aún no había conseguido recuperarse de su contienda civil, finalizada en 1939.

Eran años de posguerra donde, por regla general los recursos escaseaban. Los relatos de la época aparecidos principalmente en las revistas de montaña "Peñalara", "Montañeros de Aragón", "Pyrenaica" y "Muntanya" constituyen una inapreciable fuente de información. En su inmensa mayoría los escaladores narraron las peripecias que debían padecer hasta arribar al comienzo de sus ascensiones y que, en no pocas ocasiones, les suponían un cúmulo de inconvenientes aún mayor si cabe que los que encontrarían en el transcurso de sus escaladas. Las aproximaciones en tren, coche de línea, bicicleta o incluso, andando, estaban a la orden del día. Así debieron hacer en más de una ocasión Rabadá y Navarro para llegar a Mezalocha, la escuela de escalada más frecuentada por los escaladores maños de entonces y que dista de Zaragoza una treintena de kilómetros.


Un material muy particular

El Espolón del Fire en los Mallos de Riglos Otro tanto acontecía con el material de escalada. No tanto en su escasez, sin que por ello digamos que fuera abundante, como más bien en lo rudimentario del mismo. De todos es conocido que tanto Rabadá y Navarro, como el resto de sus contemporáneos escalaban en aquel tiempo con alpargatas, no vamos por tanto a entrar en mayores detalles. Conviene, sin embargo, apostillar que mientras aquí se escalaba así, además de con mosquetones de hierro, clavijas forjadas por los mismos escaladores y tacos de madera; a finales de los años 50 y comienzos de los 60 en los círculos británicos y americanos ya se empleaban distintos tipos de empotradores, incluyendo algunos metálicos. En toda Europa hacía años que estaba generalizado el uso de las cuerdas de nylon, las botas de suela vibran y en determinadas áreas se escalaba con botas que eran precursoras de los actuales pies de gato. Mientras que Rabadá y Navarro "trabajaban" con burdos clavos, en Yosemite hacía años que se empleaban knife blades, horizontal pegs, los arrows y otros elementos similares, que fueron decisivos tanto para la progresión como, y sobre todo, para la seguridad en las paredes rocosas.

Con respecto a los pitones de expansión ya se han difundido bastante los reparos que para su uso tenía la cordada maña. Los diminutos buriles a los que da auténtico miedo asegurarse que colocaron en la cara oeste del Naranjo de Bulnes, les supusieron enormes dudas éticas.

Mientras, por ejemplo, diez años antes en la vecina Francia, en 1952, Magnone, Berardini, Dagory y Laine, olvidándose de cualquier tipo de prejuicio moral, se valieron de estos elementos para dar un espectacular golpe de mano y asegurarse la primera ascensión de la cara oeste del Dru. Para ello, ascendieron por la cara norte hasta la altura del final del gran diedro de la clásica oeste, y luego, mediante una controvertida burilada atravesaron hasta la zona de los rápeles pendulares y así adelantaron a la cordada rival.


El retraso de nuestro país

Alberto Rabadá y Ernesto Navarro contemplan la cara oeste del Naranjo antes de realizar su primera escalada (agosto 1962). Foto: Miguel Vidal. Colección: Félix Méndez. En la década de los 50, la única posibilidad de practicar no sólo la escalada o el montañismo, sino cualquier tipo de actividades al aire libre eran las que ofrecía el Frente de Juventudes. De esta manera, encuadradas en las conocidas Centurias de Montañeros, fueron varias las generaciones de montañeros que surgieron en aquellas regiones de nuestro país donde existía una tradición alpina.

Al igual que otros muchos jóvenes, en ellas iniciaron sus contactos con la montaña Rabadá y Navarro y pronto supieron recoger la tradición de sus antecesores en las escaladas de nuestras paredes.

<

La particular evolución del alpinismo español, ciertamente motivado por los factores sociopolíticos a los que antes hemos hecho alusión, por regla general, y más en los años 40 y 5O, hizo que salvo honrosas excepciones tuviera un evidente retraso en comparación con otros países de nuestro ámbito como Francia, Italia o Inglaterra. Cuando Rabadá y Navarro irrumpen en el escenario de nuestras montañas, puede decirse que hace relativamente poco tiempo que ha culminado la llamada "Edad de Oro" de los principales macizos peninsulares y se han realizado los primeros grandes itinerarios. Escaladores como Panyella, Ferrera o Mallafré en Cataluña; Teógenes Díaz, González Folliot, Baldomero Sol o José María Galilea en Madrid y Serón, Millán o Bescós en la patria chica de Rabadá y Navarro, son quienes llevan la batuta de los más importantes itinerarios de la época.


Antecedentes históricos

Un momento de la escalada al Naranjo Ciñéndonos a Picos de Europa, Pirineos y Riglos, los lugares donde los dos escaladores zaragozanos realizaron la mayor parte y sus más notables itinerarios, podemos citar que en el primer macizo, terreno en aquel entonces casi exclusivo de los escaladores madrileños, se habían realizado, entre otras, la cara sureste de Peña Vieja (1944, Odriozola y Alonso); sur de Peña Santa de Castilla (1944, Sol y Ruiz) y sur directa de Peña Santa (1947, Folliot, Fuentes y Rojas). En los Pirineos, y ciñéndonos a la actividad de los alpinistas de nuestro lado de la frontera, destacan la directa al Calderer (1941, Panyella y Ferrera); norte Aguja de Perramó (1947, Faus, Cluá y Somoza).

Por último, la historia de Riglos está aún más retrasada, debido a la particular naturaleza del lugar. Es en el tardío 1942, y dejando aparte los primitivos intentos como el de Arlaud y Giglione, que en 1929 llegaron a la punta Buzón, cuando Mallafré, Blasi y Bou consiguen la primera escalada en Riglos, se trata de la punta Mallafré (entonces de los Catalanes) al Fire. La punta Mateo del mismo mallo se logra dos años más tarde (1944, Mateo y Serón); la punta No Importa en 1946 (Serón, Millán y Martini); la punta Montolar el mismo año (Serón, Millán y Pau); el mallo Pisón también se ascendió por vez primera en aquella temporada (1946, Panyella, Pieré y Murgia). El citado Panyella junto con Alberto Casasallas, trazan aquel mismo año la Pany-Haus -vía así bautizada haciendo honor a sus respectivos motes- y que es la más clásica de todos los mallos de Riglos.

La última conquista que cerraría la etapa de primeras ascensiones a las cumbres aconteció ya en los años 50 y entre los protagonistas aparece por primera vez el nombre de uno de nuestros escaladores. Así en 1953 M. Besc6s, A. López y A. Rabadá logran la escalada del Puro.


"Serón-Millán" una vía clave

Tras la primera ascensión al Puro del Pisón (1953) los vecinos de Riglos se despiden de los montañeros en el apeadero. De izquierda a derecha: Manolo Bescós, el juez, Ángel López ante la puerta, Ángel Serón, Alberto Rabadá y el alcalde de Riglos. Foto: Rafael Montaner. A partir de aquí comienzan Rabadá y Navarro, bien juntos o bien por separado, una asombrosa serie de realizaciones. Dentro de los mallos de Riglos, Rabadá junto con Montaner, Díaz y López trazan en 1957 un itinerario directo en la cara sur del mallo Pisón, la vía Serón-Millán. Esta ruta fue una auténtica llave que permitió franquear una importante barrera a aquella generación. Tardó 17 años en ser repetida. Continuando en Riglos, en 1958 le toca el turno a la cara oeste del Fire; E. Navarro junto con R. Lígorred y L. Lázaro inauguran la vía Luís Villar, otra de las grandes clásicas del macizo. Aquel mismo año se traza en el Pisón la Anglada-Guillamón, por estos dos escaladores catalanes.

Otras vías trazadas en aquellos años dentro de Riglos fueron la directa nordeste de la Peña don Justo (Rabadá y Navarro, 1959); Ursí al macizo del Pizón ( Navarro y Abajo, 1961); Rosaleda (Rabadá y Navarro con Bescós y López, 1960); Galletas al Fire (Rabadá y Montaner en 1959) y otras primeras en la Aguja Roja, el mallo Capaz, la Peña don Justo, el Tornillo, etc.


Escaladas en Pirineos

M. Bescós y A. Rabadá (asegurando) durante la primera ascensión de esta vía. Foto: Ángel López. Aquellas escaladas fueron combinadas por Rabadá y Navarro con esporádicas salidas a otros lugares, principalmente a la zona pirenaica más cercana a la ciudad donde residían. Dentro de sus actividades no desdeñaban las grandes clásicas como las crestas del Diablo, a la sazón catalogadas como MD sup., pero sobre todo también lograron notables primeras como el espolón central de Peña Telera, por Rabadá con Vicente en 1960; nordeste de la Gran Aguja de Ansabere (1958 Rabadá y Mustienes); norte del Aspe (Rabadá y Navarro en 1962); o la desconocida norte del pico del &AACUTE;guila (Rabadá con Bescós y Montaner en 1959).

Pero es en el valle de Ordesa donde más notable resulta su actividad pirenaica. Por motivos laborales los escaladores franceses Ravier, Blottí, Dufourmantelle, Jaccous y Kahn les "roban" la primera de la cara sur del Tozal del Mallo, vía que repiten dos meses después Rabadá, Bescós y Montaner (junio de 1957).

El mismo Rabadá junto con J. J. Díaz, realiza la primera del espolón este del Tozal (agosto de 1959). Por último Rabadá, Navarro y el citado J. J. Díaz ascienden, poco antes de marchar para el Eiger (junio de 1963) la primera escalada de la vía de las Brujas, también al Tozal.


Tres escaladas históricas

A pesar de tan abrumador número de escaladas, llevadas a cabo en un escaso período de siete años, Rabadá y Navarro realizaron tres escaladas más que representan no sólo lo mejor de su hacer ni el de su generación sino los más importantes realizados nunca en nuestro país y, aún hoy en día, treinta años después, de los más bellos jamás trazados. Nos estamos refiriendo sin duda al espolón este del Gallinero, el espolón sudeste del Fire y la cara oeste del Naranjo de Bulnes.

Los tres itinerarios fueron trazados por Alberto Rabadá y Ernesto Navarro en exclusiva. Parece como si cuando escalaban ellos dos solos se complementaran más y el compromiso fuera mayor. El espolón este del Gallinero, en el valle de Ordesa fue el primero en ser trazado.

Rabadá (gorro rojo) y Navarro preparándose al pie de la norte del Eiger. Colección Félix Méndez. Lo hicieron los días 15, 16 y 17 de agosto de 1961. El itinerario, con un recorrido cercano a los 500 metros, cruza un terreno extraplomado, de manera especial el gran techo central, delicado largo en roca descompuesta que precisó 20 clavijas para ser superado. La importancia del itinerario lo subraya el hecho de que no es repetido hasta 1969, por escaladores de una generación posterior.

La escalada del espolón sudeste del mallo Fire causó admiración en todos los círculos alpinos del país, así como en el sur de Francia. El aspecto compacto y repelente de este auténtico pilar cuajado de panzas y extraplomo hace aún hoy dudar de la posibilidad de ascender por él. Sin embargo, Rabadá y Navarro acometieron su escalada con convicción y, siguiendo una increíble metodología y una sorprendente intuición consiguieron los días del 12 al 16 de octubre de 1961 su primera ascensión. El recorrido evitaba, con continuas travesías, los grandes extraplomos y de esta manera evitaron colocar ni un solo buril. Si bien este itinerario no tardó tanto tiempo en ser repetido -Ursicinio Abajo y J. Ibarzo, dos escaladores formados en Riglos logran la 2ª ascensión poco después- sus escaladas hasta finales de los 70 se cuentan con los dedos de las manos. Así la cuarta ascensión data de 1975 y está protagonizada por dos jóvenes y brillantes escaladores madrileños: Rodolfo Asas y Santiago Hernández.

El valor del itinerario hay que medirlo en el grado de compromiso aceptado por Rabadá y Navarro en un itinerario de semejante magnitud que a pesar de ser relativamente corto -300 metros- supuso un desafío psicológico del que todavía no se ve libre el escalador que emprende su ascensión. Los más de sesenta buriles que hoy jalonan el itinerario, la escasez de sus ascensiones hasta épocas bien recientes y el que gran parte de ellas tuvieran que ser auxiliadas desde la punta de la cumbre No Importa, debido a su agotamiento más psicológico que físico son buena prueba de todo lo dicho.


La vía de las vías

Ernesto Navarro en un momento de la trágica escalada de la norte del Eiger (agosto de 1963). Colección Félix Méndez. Si de alguna manera hubiera que catalogar la vía Rabadá-Navarro de la cara oeste del Naranjo de Bulnes, en los Picos de Europa, no podría ser definida de ninguna otra manera. Su ascensión es la obra maestra de los dos escaladores zaragozanos y su importancia resulta trascendental. Recordemos que antes de realizarse esta ascensión en el Naranjo de Bulnes están trazadas además de las tres vías clásicas de la cara sur -Víctor, Directísima y del Paso Horizontal- la del Cainejo y Marqués de Villaviciosa y la de Schulze, el espolón noroeste (Alfonso Martínez, Carleto Re y Paco Pérez, 1953), la Régil (hermanos Régil, 1955) y la Cepeda (Pedro Udaondo, Jaime Cepeda y M. Jesús Aldecoa, 1955). Y al Naranjo solamente se había logrado la primera invernal (Ángel Landa y Pedro Udaondo, 1956), ascensiones todas protagonizadas por escaladores muy próximos o pertenecientes a la generación de Rabadá y Navarro.

Con este panorama no resulta aventurado pensar que la pared oeste no podía ser contemplada como un objeto factible, al menos por el momento. Sin embargo, Rabadá, ya había puesto sus ojos en el impresionante muro y tras un minucioso estudio de sus grietas y fracturas, concluyó que su escalada entraba dentro de lo posible. De esta manera, el 15 de agosto de 1962 comenzaron la escalada que culminan el 21 de agosto, tras realizar cuatro vivacs en pared y abandonar la escalada por las cornisas de los Tiros de la Torca para proveerse de más material.

La escalada discurre por el itinerario más lógico al que obligan las fisuras de la roca. Sólo en contadas ocasiones -superada la gran lastra y en la travesía- recurrieron Rabadá y Navarro al empleo del buril. Sin él la escalada no podría haber sido realizada en aquel entonces.

Alberto Rabadá en otro momento de la trágica escalada de la norte del Eiger (agosto de 1963). Colección Félix Méndez. Con su escalada demostraron hasta donde podía llegar la audacia y la intuición demostrada sólo parcialmente en otras ascensiones. Lanzarse por la lisa panza de la travesía desde la segura repisa de los Tiros rumbo a lo desconocido es algo que sobrecoge a todos los que realizan el recorrido por vez primera. La ruta fue repetida al año siguiente por los vascos Régil, Villar y Rosén. En 1963 los maños Abajo e Ibarzo realizaron la tercera ascensión. En 1967 Lastra y Caro hacen la cuarta, mientras que en 1968 se asciende dos veces más.

Ernesto Navarro escalando en Riglos. Foto: Miguel Vidal. Lo lógico del itinerario, la franqueza de la roca y la belleza de sus pasos ha hecho que esta escalada sea la más clásica y bonita del Naranjo, pudiendo ser considerado como el más bello de todos los Picos de Europa. Pero no es sólo eso.

El valor de la Rabadá-Navarro a la cara oeste del Naranjo de Bulnes radica en su importancia, que dentro del alpinismo español tiene idéntico valor al de la escalada realizada por Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa y Gregorio Pérez "El Cainejo", cuando realizaron la primera ascensión del Naranjo de Bulnes.

Si aquella memorable escalada es tratada como el nacimiento del alpinismo en nuestro país. La realización de Rabadá y Navarro en la cara oeste del mismo Naranjo de Bulnes debe ser considerada como la consolidación de la escalada de dificultad en España. Con ella nuestro alpinismo consigue la mayoría de edad y puede ofrecer una ruta de idéntico calibre que las ascensiones de la época realizadas en cualquier pared de los Alpes occidentales, orientales o las Dolomitas.


Algunas escaladas contemporáneas

El flamante descapotables que se compró el grupo de amigos maños. Rafael Montaner (con la rueda), Ángel López -Cintero-, Pepe Díz calzando la rueda, Vicente -Nanin- (tumbado) y Alberto Rabadá (de pie). Colección Rafael Montaner. Conocer las más notables realizaciones de los escaladores de otros lugares nos ayudará a colocar en su justo lugar a las figuras de Rabadá y Navarro, así como a las escaladas que protagonizaron. Analizaremos el período comprendido entre 1957 y 1963, fechas entre las que realizaron sus mejores itinerarios. 1957: Noroeste Half Dome (Jerry Gallwas, Royal Robbins, Michael Sherrick); diedro Philip Flamm, noroeste Civeta; Pilar del &AACUTE;ngulo (Bonatti, Gobbi). 1958: Nose al Capitán (Warren Harding, Wayne Merry, George Withmore); directa Brandler Hasse, Cima Grande Lavaredo. 1959: Franceses Oeste Lavaredo (Couzy, Desmaison, Maceaud); controvertida ascensión al Cerro Torre, Patagonia por Tonni Egger y Cesari Maestri. 1961: Salathe al Capitán (Chuck Pratt, Tom Frost, Royal Robbins); Pilar Central de Freney (Bonington, Whillans, Clough, Dlugosz); primera invernal clásica del Eiger (Hiebeler, Kinshofer, Almberger y Mannhardt). 1962: Directa americana Dru (Hemmings, Harlin, Robbins). 1963: Sur de la Aguja del Loco Miguel Vidal-Cantos filmando. Colección: Miguel Vidal-Cantos. (Harlin, Hemmings, Frost); primera solitaria clásica norte del Eiger (Michael DarbelIay). Tal y como hemos visto al comienzo de estas líneas, todas estas vías se realizaron con un material más sofisticado que el manejado por Rabadá y Navarro y, lo que resulta más importante, dentro de una sólida tradición alpina, que en nuestro caso resultaba menos consolidada. A pesar de todo ello los itinerarios de Alberto Rabadá y Ernesto Navarro, de manera especial la cara oeste del Naranjo, el espolón sudeste del Fire y el espolón este del Gallinero para nada desmerecen de los más prestigiosos trazados en aquel corto período de tiempo.

Cuando Rabadá y Navarro murieron en la pared norte del Eiger contaban respectivamente con 29 y 28 años. No estamos aquí para especular sobre qué habrían realizado o hasta donde podrían haber negado, pero no resulta difícil dejar volar la imaginación y pensar que aquella nefasta escalada hubiera concluido con éxito. Hoy, en su historia, brillarían muchas otras rutas de mayor prestigio y, no me cabe la menor duda de ello, por su ejemplo todos nosotros escalaríamos hoy mucho más y mejor.


Alfredo MERINO.

(Artículo extraido íntegramente de la revista "Desnivel", nº55 )

3 comentarios:

Diego dijo...

Un buen recordatorio de la historia de ambos escaladores.
Una pena que el Eiger, se los llevase para siempre...

Un saludo, Diego.

Josetxu dijo...

Vaya dos makinas...estos dos.
OS recomiendo el libro RABADA -NAVARRO La Cordada imposible.
Ademas de contar la historia de ambos escaladores, tiene unas fotografias del último viaje de los zaragozanos a la norte de Eiger que te ponen los pelos de punta...
Aupa!

Diego dijo...

Josetxu,
Me lo apunto !!
He leído en Eiger, La Arena Vertical todo lo que les ocurrió en esa norte, y vaya vaya, pero les faltaba experiencia en altura y haber llevado unos buenos crampones. Aún así, no habrá otros como ellos.

;-)